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¿Cómo educar sin premiar ni castigar?

Cuando usamos algo externo de forma constante para que una conducta desaparezca (es el caso de los castigos), el niño tiende a depender de ello para decidir cómo se comporta. Es decir, no usa su moral autónoma, que debería desarrollar durante la infancia y adolescencia, sino que se guía por lo que va a obtener a cambio. Con los premios sucede lo mismo, hasta el punto de convertirse en una espiral de chantajes, donde cualquier acto de colaboración es por medio de un “intercambio”, de obtener algo por mostrar dicha conducta.

Solemos buscar UNA solución para los momentos en los que los niños hacen algo incorrecto, nos llevan la contraria, agreden, son irrespetuosos… pero en realidad la “solución” está formada porque pequeñas transformaciones que cambian la dinámica de la relación con nuestros hijos y que mantienen a salvo el vínculo que tenemos con ellos.